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La penosa tragedia de la deuda.

EE.UU. se asoma de nuevo a la ‘catástrofe del impago’, que siempre se evitó pero a veces con grandes costes.

El conflicto entre demócratas y republicanos a cuenta de la necesaria suspensión del techo de la deuda tiene algo de obra de teatro, pero también del cuento de Pedro y el lobo . Hasta ahora, la sangre no ha llegado nunca al río y los partidos han alcanzado un acuerdo que evite el impago o default . Pero en ocasiones, sobre todo en el 2011 (con Barack Obama de presidente), el juego político entre medias ha costado un potosí.

Joe Biden quiere evitar ahora cualquier coste, pero el líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, no se lo está poniendo fácil. Así que algunos, como Pedro en la fábula, ya gritan: “¡Que viene el lobo!”. Y aunque no es fácil creerles, lo cierto es que ya solo quedan dos semanas para que las arcas del Tesoro se agoten (hacia el 18 de octubre). Y la perspectiva del desastre financiero que la falta de solución traería consigo no es para tomarla a la ligera.

En virtud de una ley de principios del siglo XX y a diferencia de lo que sucede en la mayoría de países, en Estados Unidos el techo de deuda no es una referencia ni un tope que a la hora de la verdad se puede superar sin consecuencias, sino un límite de obligado cumplimiento que impide a la Administración gastar más allá de una cifra equis. En este momento, el umbral de endeudamiento está en 28,4 billones de dólares sobre un PIB que ronda los 24 billones.

Republicanos y demócratas se culpan de la abultada cuantía de lo que se debe, y ambos tienen su parte de razón. En los cuatro años de mandato de Donald Trump, la deuda aumentó en 7,8 billones de dólares (un 39%), y los demócratas apoyaron tres veces la elevación del techo. En los ocho años de Barack Obama, la deuda creció en 9,3 billones (un 87%), pero hay que tener en cuenta el fuerte impacto que tuvo la crisis del 2008.

La situación evoca la crisis del 2011, cuando la pugna política puso al país en peligro y le hizo perder un dineral.
En el 2011, durante el primer mandato de Obama, la guerra entre partidos situó al país al borde del precipicio. A cambio de consentir la elevación del famoso techo, los republicanos exigieron recortes equivalentes en el gasto, bajo negativa rotunda a una subida de impuestos. Como consecuencia de la pugna y de los riesgos que implicaba, la agencia Standard & Poor’s rebajó la calificación crediticia a largo plazo de EE.UU. por primera vez en la historia. Los índices de confianza económica en la superpotencia se hundieron. El precio de la pelea, concluida con un complicado pacto de ultimísima hora, se calcula en 1.300 millones adicionales en aquel año y 19.000 millones en el decenio siguiente.

El fantasma de aquella crisis de hace diez años aparece ahora en cada crónica de los medios y en cada discurso de los dirigentes demócratas. Empezando obviamente por Biden, que el lunes instó a los republicanos a “despejar el camino”, permitir al Gobierno hacer su trabajo y “dejar de jugar a la ruleta rusa” con la economía de EE.UU. “Si no quieren ayudar a salvar el país, apártense para no destruirlo”, añadió con cara de pocos amigos.

Pero el partido de Trump está utilizando el debate para apretar las tuercas a Biden respecto a su ambiciosa agenda climática y de gasto social de 3,5 billones, agenda basada en un aumento de impuestos a los más ricos y que también tiene en contra a los demócratas conservadores o “moderados” Joe Manchin y Kyrsten Sinema.

El líder republicano McConnell reta a los demócratas a utilizar un procedimiento especial, llamado de reconciliación, para aprobar la suspensión del techo de deuda con su ajustada mayoría de 50 votos en el Senado (más el sufragio de desempate de la vicepresidenta Kamala Harris), en lugar de con los 60 que se requieren de ordinario. Pero Biden no lo ve claro porque el sistema es complejo, lleva tiempo y resulta arriesgado.

Los republicanos están apretando las tuercas a Biden con respecto a su ambiciosa agenda social y climática.
A instancias del jefe de filas de la mayoría demócrata en la Cámara, Chuck Schumer, el Senado celebra hoy una votación que invita a los republicanos a dar el brazo a torcer sin tener que apurar los plazos y bordear la zona de peligro que el país pisó en el 2011. Pero lo previsto es que hoy tampoco haya acuerdo. Lo dice el libreto de la tragedia en su edición 2021.

Fuente: La Vanguardia.

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