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Maniobras de última hora de Pedro Castillo para evitar el ‘impeachment’.

Perú vivió la víspera de la moción de destitución presidencial entre sumas y restas. Y sólo con cierta incertidumbre, porque ya están acostumbrados: durante la pasada legislatura cayeron tres presidentes, Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra y Manuel Merino, bajo el mismo peso de una herramienta exagerada del poder legislativo, que para buena parte de los juristas es inconstitucional.

«Perú Libre (PL) rechaza contundentemente la moción de vacancia presidencial, promovida e impulsada por los sectores fascistas del país. Reconoce tener discrepancias serias con el gobierno de Pedro Castillo, pero esto no justifica ser partícipe de un golpe de Estado a la democracia», constató Vladimir Cerrón, líder de los radicales y enfrentado a Castillo, tras reunirse con el presidente en las rondas de diálogo que a última hora intentan frenar la marea en contra.

La ausencia de nuevas exclusivas periodísticas y las negociaciones tras bastidores han supuesto cierto alivio al presidente, cuya llamada fue rechazada por los líderes de las bancadas que le quieren destituir. Ni la populista Keiko Fujimori, ni el derechista Hernán Soto ni el bolsonarista Rafael López Aliaga acudieron a Palacio.

El presidente parece haber ganado tiempo, pero su inconsistencia y su entorno son una bomba de tiempo. Al menos uno de los apoyos fundamentales ya está en el saco antes de que comience una sesión histórica. El sector radical de PL ha mantenido el misterio de su voto hasta el último momento, aunque sí se conocía el no rotundo de los 21 diputados del PL que apoyan a Castillo, un grupo conformado en buena medida por maestros. Entre ellos está la vicepresidenta, Dina Boluarte, la destinada a ocupar el sillón de Pizarro si Castillo cayera al final del proceso.

Castillo no ha dejado de sentir en sus propias carnes políticas las turbulencias políticas desde su llegada al poder hace cuatro meses. Un proceso en el cual no sólo ha perdido popularidad, sino sobre todo una credibilidad puesta a prueba desde el primer día. Si fuera uno de sus alumnos, le tocaría repetir curso, aunque lo que está en juego es su expulsión.

El conteo de escaños, que los medios de comunicación actualizan a cada momento, confirma que los opositores están instalados en el casi. Tras los 28 apoyos de la primera votación necesitan hoy 52 para que la moción de destitución encabezada por Patricia Chirinos sea admitida a trámite y el presidente tenga que rendir cuentas al Parlamento.

Los dos bancadas derechistas, Avanza País y Renovación Popular, más el fujimorismo suman 43 diputados, a sólo nueve de atravesar la «frontera». Al menos siete de otros grupos han mostrado su apoyo hasta el momento.

En la otra trinchera, Castillo cuenta con los 37 de PL, más los de sus aliados de Juntos por el Perú y de los centristas del Partido Morado, para un total de 46 de los 130 del Congreso. Todo dependerá del voto, que es individual, de los dirigentes que se sitúan entre la derecha y la izquierda, con uno de toda la vida que parece clave, César Acuña, gracias a los 15 diputados de Alianza Para el Progreso.

La oposición derechista acaricia su meta, que ve cercana tras actuar desde el verano con la misma beligerancia que tras las elecciones, cuando fabricó un fraude electoral inexistente para enturbiar la toma presidencial. Y lo consiguieron, forzando además una constante convulsión política que esconde otra estrategia: desviar las miradas del inminente reinicio del juicio contra la hija del dictador, sobre la que pende una condena de hasta 30 años de cárcel por corrupción.

Antiguos amigos y enemigos de ambos extremos, pero a la postre el principal inconveniente del presidente es él mismo. El dirigente que parecía radical ha mostrado a Perú un desconocimiento absoluto a la hora de dirigir el rumbo de un país, confirmado con el nombramiento de radicales sin solvencia. Su segundo gabinete, con Mirtha Vásquez rodeada de moderados, regaló una breve primavera política a Castillo, que desapareció al estallar el escándalo de la sede paralela que el presidente había montado en una vivienda prestada y los manejos de su hombre fuerte en Palacio, Bruno Pacheco, bajo investigación de la Fiscalía.

«El presidente no sabe lo que tiene entre manos, no tiene la menor idea de lo que se está jugando en el país», sentenció César Hildebrandt, uno de los periodistas más respetados de Perú, quien tiene su propia versión de la frase acuñada por Mario Vargas Llosa («el sida contra el cáncer») a la hora de elegir entre extremismos: «Nuestra tragedia es bipolar, tenemos la derecha y la izquierda más primitivas que algún enemigo del país hubiese querido imaginar».

Fuente: El Mundo.

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