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Los 300 supervivientes de la Caravana migrante: «La policía mexicana es peor que el hambre y la sed».

La Caravana migrante que salió de Tapachula el pasado 23 de octubre ya está en Ciudad de México. 1.250 kilómetros y 50 días después, solo 321 de los 6.000 migrantes que iniciaron el viaje han alcanzado el objetivo. Las duras condiciones de la ruta y la implacable actuación de las autoridades migratorias han mermado la dimensión del grupo: muchos fueron detenidos y deportados y otros decidieron probar suerte en solitario. Mientras meditan cuáles serán sus siguientes pasos, los supervivientes descansan ahora en la Casa del Peregrino, un refugio situado en la periferia de la capital mexicana, al que accede EL MUNDO, para recoger los testimonios de los protagonistas de este éxodo comunitario.

Duermen en colchonetas, comparten bidones de agua para bañarse y tienen que esperar su turno para comer o ser atendidos, pero la mayoría de migrantes caminan felices por el campamento porque, por primera vez desde que salieron de sus países, tienen sus necesidades básicas garantizadas y no hay riesgo de ser atrapados por la ‘migra’. La situación dista mucho de ser la ideal, pero es infinitamente mejor que la triste realidad que les ha acompañado los últimos meses. En apenas dos días, los migrantes han hecho suya la Casa del Peregrino, un lugar ubicado a escasos metros de la Basílica de Guadalupe que, cada año, sirve de refugio para los millones de feligreses que visitan a la patrona de México.

El espacio está compuesto por una cancha de baloncesto cubierta, un parque infantil y dos patios al aire libre, inundados ahora por cientos de colchonetas, lonas y tiendas de campaña. Entre las hileras de camastros, los niños de la Caravana corretean libremente convirtiendo el asentamiento en un espacio de juegos. Por primera vez en mucho tiempo, a sus padres no les preocupa perderlos de vista. La guatemalteca Leslie Mejía es una de las que más está disfrutando de este descanso. Embarazada de cinco meses, Mejía se vio obligada a abandonar su ciudad natal, Retahuleu, junto a su esposo y sus dos niños, de 4 y 7 años, por las amenazas de las maras: «Nunca imaginé venir, pero la necesidad nos obligó a hacerlo», explica a este diario.

El marido de Mejía trabajaba como conductor en una empresa distribuidora de camarones hasta que su jefe decidió dejar de pagar la cuota a las mafias locales. «Mataron a varios trabajadores y a nosotros nos quemaron un cuarto donde guardábamos nuestras cosas, yo no quería que le pasara nada a él y no íbamos a seguir esperando a que llegara algo peor», explica Mejía. El pasado mes de enero, esta familia metió su vida entera en unas maletas y abandonó el hogar en busca de un destino incierto, «usamos lo poco que teníamos, todos nuestros ahorros», apunta. Pasaron varios meses en Tapachula, junto a la frontera con Guatemala, viviendo en un cuarto compartido con otras familias migrantes; sufrieron amenazas y extorsiones, hasta que finalmente decidieron unirse a la Caravana.

Mejía reconoce que la ruta ha sido mucho más dura de lo que pensaba «sobre todo por Migración, golpearon a mucha gente, incluso niños». Tampoco oculta que, tras conocer el fatídico accidente de Chiapas que dejó 55 migrantes muertos, lloró: «Fue desgarrador, venían buscando lo mismo que nosotros»; sin embargo, asegura que volvería a subir a un camión: «Si me tocara, lo tendría que hacer, a veces estamos demasiado cansados para seguir caminando». A diferencia de muchos compañeros de ruta, Mejía y su familia no tienen familiares o conocidos al otro lado de la frontera, por eso están valorando la posibilidad de quedarse en México: «Si nos dan papeles y conseguimos trabajo, nos quedamos. Con que podamos mantenernos y dar de comer a los niños es suficiente».

Tres hombres migrantes se lavan en Ciudad de México.
Tres hombres migrantes se lavan en Ciudad de México.P. S. O.
Alejandro también ha cambiado su ‘sueño americano’, por el mexicano. Este migrante salvadoreño tiene 24 años y su objetivo es llegar a Tijuana porque «allí también pagan en dólares y no tienes que arriesgarte a pasar la frontera». Alejandro trabajaba y estudiaba «hojalatería y pintura» en la ciudad de Santa Ana, pero decidió dejarlo todo para darle un futuro mejor a su bebé recién nacido. «En El Salvador apenas alcanzaba para mí solo, si no fuera por mi hijo me habría quedado», confiesa. Este joven salvadoreño asegura que ha sufrido muchas penurias durante la ruta, «he dormido en la calle, debajo de puentes, una vida de vagabundo», pero que todo el esfuerzo «merecerá la pena si alcanzo el objetivo».

Los intentos de las autoridades por desactivar esta Caravana han sido constantes y se han mantenido hasta las mismas puertas de Ciudad de México. Después de tres intentos de ingresar a la capital, un grupo de 350 agentes les bloqueó el paso, desencadenando un enfrentamiento que se saldó con 13 policías heridos. Los migrantes lanzaron piedras y se defendieron con palos, mientras los uniformados -equipados con porras y escudos- repelieron los ataques con gases lacrimógenos. Finalmente, la mayor parte de los migrantes lograron sortear el cerco e ingresar en una ciudad declarada ‘Refugio Migrante’, una condición por la que se comprometen a acoger a personas extranjeras, sin importar su estatus o las razones por las que migran.

Nada más llegar a la Casa del Peregrino, Jeremías tuvo que recibir dos puntos en su ceja izquierda por culpa del golpe que un policía le dio con su escudo. Tiene 16 años, es de El Salvador y viaja solo: «Me fui porque no tenía donde vivir, mis padres habían muerto y solo tenía una abuelita», asegura. Jeremías decidió abandonar su natal Lempira, donde trabajaba cultivando maíz, frijol y arroz, cuando se enteró, a través de Facebook, que se estaba formando una Caravana para salir de Tapachula. En ese momento agarró sus escasas pertenencias y emprendió la ruta junto a un amigo de la infancia que ya no le acompaña porque fue detenido por agentes mexicanos: «Estábamos descansando y de repente apareció una patrulla. Yo salí para un lado, él para otro y cuando volví, ya se lo habían llevado. El resto permanecimos escondidos, nos tocó caminar varios días por el monte, lleno de zancudos y con un calor insoportable», explica.

Jeremías asegura que «la Migración mexicana ha sido peor que el hambre y la sed», pero que está contento «de haber llegado hasta aquí» y ahora «no me voy a parar, buscaré llegar a EEUU». La hondureña Lucy Calderón también quiere cruzar al otro lado: «Tenemos familia en Miami y Texas». Esta hondureña viaja con su esposo y su hijo de cuatro años. Abandonó San Pedro Sula empujada por la miseria que dejaron a su paso los huracanes Eta e Iota, «trabajaba en una bananera y todo se echó a perder, por eso nos echaron y decidimos salir», explica.

Los 300 supervivientes de la Caravana reponen fuerzas tras una odisea que se ha visto agravada por la persecución policial. En medio de una crisis migratoria sin precedentes, con los niveles más altos de detención y deportación de los últimos 15 años, y golpeado por el trágico accidente que dejó 55 muertos en Chiapas, el Gobierno mexicano trata de limpiar su imagen atendiendo lo mejor posible a los extenuados migrantes que han llegado hasta la capital. En los próximos días, representantes de la Caravana mantendrán encuentros con el Gobierno para valorar opciones. Unos quieren seguir hasta EEUU, otros quedarse en México, pero todos buscan una vida nueva, digna y segura, que les aleje del infierno que abandonaron por obligación o necesidad.

Fuente: El Mundo.

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