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Blinken: «Todo esto es un escenario diseñado de falsas provocaciones».

Hace dos años por estas fechas, última ocasión en que el coronavirus permitió la celebración de la Conferencia de Seguridad, el ministro ruso de Exteriores Lavrov acudió a Múnich para quejarse. «Por parte de la OTAN solo escuchamos proclamas. ¡Ucrania!», decía Lavrov, mientras reprochaba a los aliados los 40.000 soldados y 35.000 unidades de equipo militar ya trasladados, la mitad procedente de Estados Unidos. En esta edición del principal foro aliado de Seguridad y Defensa, sin embargo, Rusia no cree que no tiene nada que que hablar con Occidente. Lavrov se reunirá con su homólogo estadounidense la próxima semana, pero en privado, evitando los tradicionales corrillos de Múnich, que tanto se prestan al intercambio de impresiones y que no corresponden a momentos prebélicos como los que se respiran ahora en Europa.

Putin, por su parte, ha declinado la invitación porque coincidía en su agenda con unas maniobras militares con misiles de crucero que dirige personalmente en la frontera de Ucrania. Ha preferido no escuchar al secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, que ayer dijo que «todo lo que hemos visto que ha sucedido en la frontera entre Rusia en Ucrania en las últimas 24 ó 48 horas forma parte de un escenario de creación de falsas provocaciones diseñado para obtener una respuesta».

Desde Múnich, el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, acusó a Rusia de buscar un pretexto para invadir Ucrania, donde se produjeron disparos de artillería en el este del país y los rebeldes separatistas respaldados por Moscú ordenaron una evacuación civil de sus enclaves disidentes.

Putin ha evitado también tener que mirar a los ojos a Vitali Klichkó. «Iré al frente. Estamos preparados para luchar por nuestro país, por nuestra independencia, por nuestras familias y nuestras ciudades», ha dicho el alcalde de Kiev, «pero necesitamos apoyo. Sin armas no podemos». «En 1996 firmamos el Memorándum de Budapest sobre Garantías de Seguridad, cedimos nuestras armas nucleares a cambio de que nuestra integridad territorial quedase asegurada y ahora nos sentimos engañados».

Estas son las palabras que el político y ex boxeador ucraniano ha dirigido a la nueva ministra alemana de Exteriores, Annalena Baerbock, que se sigue negando a enviar armas a Ucrania y que ha explicado esa negativa argumentando que, si Alemania hubiera dado ese paso, «el formato Normandía no habría funcionado y era crucial poder volver a la mesa para hablar de los acuerdos de Minsk». Baerbock ha añadido además que «el apoyo financiero es muy importante, especialmente en tiempos en los que los inversores se abstienen».

Se refería sin citarla a la ayuda financiera que Alemania envía puntualmente a Kiev y que, desde la anexión de la península de Crimea, en 2014, supera los 2.000 millones de euros, además de un préstamo de 650 millones para la «crisis de Rusia». Porque Baerbock insiste en que no debemos referirnos a este conflicto como «crisis de Ucrania». Pero a Klichkó no parece interesarle demasiado la precisión semántica alemana. Desviaba con impotencia su mirada hacia Blinken, que aprovechaba por su parte para recordar que Estados Unidos «solo el año pasado invertimos 650 millones de dólares en garantizar la seguridad de su país y seguiremos haciéndolo».

Antony Bliken insiste en que si Rusia da un solo paso contra la integridad territorial ucraniana habrá «consecuencias masivas».

También la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, señala que «estamos comprometidos a tomar medidas correctivas para garantizar que habrá consecuencias graves en términos de las sanciones que hemos discutido». Baerbock ha utilizado la expresión «consecuencias sin precedentes» y ha subrayado que «nosotros mismos sufriremos con esas sanciones porque, especialmente mi país, somos dependientes de la energía rusa y, a pesar de ello, todas las sanciones están sobre la mesa, incluido el proyecto Nord Stream 2», en la más clara declaración alemana hasta el momento sobre el gasoducto ruso, que podría doblar la cantidad del gas que Rusia transporta anualmente hasta la costa norte de Alemania.

Pero Klichkó, que a pesar de su imponente presencia física es hoy la misma imagen de la fragilidad, aprieta la mandíbula cada vez que escuchaba la palabra ‘sanciones’. «Una vez que el daño esté hecho, de nada nos servirán a nosotros las sanciones», explicaba después en los pasillos, «nuestro interés no es un determinado equilibrio geopolítico, sino la vida tal como la vivimos, y necesitamos mucho más apoyo para conservarla».

Todo el mundo, en el Bayerischer Hof, intenta precisar si hay o no desescalada rusa. «Los rusos han respondido con fechas propuestas para finales de la próxima semana, que hemos aceptado, siempre que no se produzca la invasión rusa de Ucrania esta semana», ha confirmado el portavoz de Blinken, Ned Price, azuzando las ascuas de la Guerra Fría, y confesando sin pudor que los norteamericanos prefieren «pasarse de alarmistas que no llegar». «Pido a todas las partes que sean extremadamente cautelosas con su retórica. Las declaraciones públicas deben apuntar a reducir tensiones, no a alimentarlas», solicitó por su parte el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, que se centró en el «peligro incalculable» de la situación, «que puede desencadenarse por brechas de comunicación y suposiciones falsas». «A menudo me preguntan si estamos en una nueva Guerra Fría», ha confesado Guterres, «mi respuesta es que la amenaza de seguridad global es hoy mucho más compleja y posiblemente mayor de lo que nunca fue durante la Guerra Fría».

Fuente: ABC.

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