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¿Quiere Putin ‘desnazificar’ Ucrania? Así utiliza el Kremlin el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial.

A través de sus libros, la premiada escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich supo recoger el sentimiento de confusión de los ciudadanos soviéticos que vieron desmoronarse el Estado en el que habían nacido, donde habían recibido su educación y por el que habían llegado a sacrificar sus vidas. Hay algo de ese lamento en los discursos del antiguo agente de la KGB y presidente de Rusia, Vladímir Putin, y también en su voluntad de reivindicar los episodios de la Historia que considera útiles para fortalecer el músculo del nacionalismo ruso y lograr sus objetivos políticos. Desde el inicio de la invasión de Ucrania, Putin ha vuelto a demostrar cómo la evocación interesada del pasado es una de sus herramientas preferidas de propaganda, intentando equiparar su ‘operación militar especial’ con la lucha librada por las tropas soviéticas contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial.

«La Gran Guerra Patriótica se usa para unir tras un logro común a la polarizada población rusa», confirma el historiador James Pearce, autor de ‘The Use of History in Putin’s Russia’ (Vernon Press, 2020). «Irónicamente, se trata de una victoria que llevó a cabo Stalin, el líder más brutal de la URSS. El Kremlin cuenta con pocos éxitos de su propia cosecha para lograr respaldo», añade. «Los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial movilizan una suerte de orgullo nacional», coincide Jonathan Dekel-Chen, profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén. «El Gobierno ruso plantea que los líderes de Kiev son como los nacionalistas ucranianos de 1941, con los que se aliaron los nazis».

Los ‘banderites’
El nacionalista ucraniano radical Stepan Bandera
El nacionalista ucraniano radical Stepan Bandera
Cuando Putin califica de ‘nazi’ al Gobierno de Zelenski o dice que su objetivo es ‘desnazificar’ Ucrania, sugiriendo que los que se resisten a la invasión son ‘banderites’ o seguidores del polémico nacionalista ucraniano Stepan Bandera, se escucha un eco histórico preso de la manipulación.

Nacido en Galitzia – una región que entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial pasó del Imperio Austrohúngaro a Polonia y más tarde a la URSS-, Bandera es un personaje clave para comprender la retórica del Kremlin. Miembro de la Organización de Nacionalistas Ucranianos, participó en numerosas actividades terroristas, como el asesinato en junio de 1934 del ministro del Interior polaco Bronislaw Pieracki. Condenado a muerte, su pena acabó siendo conmutada por otra de prisión, pero su estancia entre rejas terminó antes de tiempo, pues fue liberado en septiembre de 1939, después de que las tropas soviéticas y nazis invadieran Polonia según lo acordado en la cláusula secreta del pacto Ribbentrop-Mólotov.

«En febrero de 1941, ellos [los nacionalistas de Bandera] llegaron a un acuerdo con los líderes de la Inteligencia Militar Alemana (Abwehr) para formar dos batallones de fuerzas de operaciones especiales», cuenta el historiador Serhii Plokhy en ‘The Gates of Europe’ (Penguin Random House, 2017). «Uno de los batallones, Nachtigall, figuraba entre las primeras tropas alemanas que entraron en Leópolis el 29 de junio», añade, refiriéndose al avance de la Wehrmarcht durante la Operación Barbarroja. Al día siguiente, Bandera proclamó allí la independencia de Ucrania, mientras la perversión del antisemitismo empujaba a sus seguidores a participar en los pogromos contra la población judía.

A pesar de su alianza oportunista con Bandera, el nazismo no estaba realmente interesado en respaldar sus aspiraciones. Después de la proclamación de independencia, los alemanes reprimieron el movimiento nacionalista y enviaron a su líder a un campo de concentración. Como explica el historiador Timothy Snyder en su libro ‘Tierras de sangre’ (Galaxia Gutenberg, 2017), Ucrania resultó particularmente castigada durante la Segunda Guerra Mundial, pues la riqueza de su suelo la convirtió en un punto de colisión entre el Tercer Reich y la URSS. Mientras Hitler soñaba con poblarla de ‘agricultores arios’ e incorporarla al ‘espacio vital’ alemán, Stalin la contemplaba como el granero que le permitiría industrializar su imperio rojo. Sus brutales políticas económicas, con la deportación de los ‘kulaks’ y la colectivización forzada, provocaron un genocidio, el llamado ‘Holodomor’, que supuso entre 1932 y 1933 la muerte por hambre de unos 3,3 millones de ucranianos, sobre todo campesinos.

Putin sostiene un retrato de su padre, que combatió durante la Segunda Guerra Mundial
Putin sostiene un retrato de su padre, que combatió durante la Segunda Guerra Mundial – Reuters
«El uso del término ‘nazi’ pretende despertar los recuerdos de la insurrección nacionalista ucraniana durante la guerra, dirigida por la figura de Bandera, con el que el Kremlin suele asociar al Gobierno de Ucrania», explica Pearce. «Con la invocación de esa memoria, se pretende dar a entender que Rusia se defendió en una ocasión a sí misma de los enemigos exteriores y que puede volver a hacerlo. Ese enemigo exterior es hoy la OTAN, a pesar de que nunca ha amenazado a Rusia», expone. «Ucrania no es un país perfecto, pero está intentando convertirse en liberal y democrático», subraya Dekel-Chen. «Zelenski ganó las elecciones para combatir la corrupción y poner fin a la guerra en el Donbass», añade. «Los ciudadanos luchan por dejar atrás la influencia rusa, tener independencia política y acercarse a la cultura de Occidente, lo que no solo implica entrar en sus alianzas».

Según recordaba esta semana la BBC, resulta imposible negar la existencia de grupos de extrema derecha en Ucrania, que a menudo coquetean con una estética e ideología de indudable inspiración nazi o nacionalista radical. Así ocurre con el Batallón Azov -que nació durante las protestas del Maidán y el inicio de los combates en el Donbass en 2014, y cuyos integrantes portan parches con símbolos como el ‘Wolfsangel’ o el ‘Sol negro’, empleados por las SS en sus uniformes-, pero también con el partido Svoboda (Libertad), que cuenta con un escaño en el Parlamento ucraniano y reivindica a Bandera, y con Pravy Sektor (Sector Derecho), que se enorgullece de esa misma herencia y no tiene ningún diputado.

El relativo auge de esos grupos radicales responde al hostigamiento ruso, según explica el Observatorio Internacional de Estudios sobre el Terrorismo en un artículo donde analiza el caso del Batallón Azov. «El Gobierno ucraniano aceptó e incorporó a estas milicias paramilitares a sus Fuerzas Armadas a finales de año [en 2014, antes de la Presidencia de Zelenski], otorgando así cierta legitimidad a estos grupos», denuncia, matizando que su papel es minoritario en el conflicto. De hecho, exagerar su poder es una de las excusas del Kremlin para justificar la presunta necesidad de ‘desnazificar’ Ucrania, término que recuerda a la política aplicada por los Aliados sobre Alemania cuando acabó de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de un paralelismo imposible e injusto.

Zelenski contempla la tumba de su abuelo, que combatió con el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial
Zelenski contempla la tumba de su abuelo, que combatió con el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial – Facebook
«Hay extremistas ucranianos, como en casi todos los países europeos», resume Dekel-Chen. Con mayoría absoluta en la Rada -en la que ocupa 254 de los 450 escaños-, Servidor del Pueblo, el partido de Zelenski, es una formación populista y proeuropea, con una ideología vaga, pero de corte moderado. El propio presidente no solo es judío, sino nieto de un soldado del Ejército Rojo que perdió a parte de su familia cuando los alemanes quemaron su pueblo en la Segunda Guerra Mundial, según contó hace poco en una entrevista con la CNN. Por si no fuera suficiente, el mandatario ucraniano publicó un emotivo mensaje en su cuenta de Facebook el 9 de mayo de 2019, comentando una fotografía en la que aparecía depositando flores en la tumba de su abuelo. «Gracias a los que lucharon contra el nazismo y ganaron», escribió. «La contribución de los ucranianos a la victoria fue enorme. Nadie tiene derecho a privatizarla», añadió, en una aparante crítica velada al Kremlin.

Esa apropiación rusa de la victoria soviética forma parte del acercamiento interesado de Putin hacia la historia. Poco después de ganar sus primeras elecciones presidenciales en marzo de 2000, restableció la música del antiguo himno de la URSS, cambiando la letra que glorificaba a Lenin por otra que alababa a la tierra y los antepasados; en una de sus declaraciones más conocidas, calificó de «tragedia» la desaparición de la Unión Soviética; y, durante el 70 aniversario del Día de la Victoria, pronunció un emocionado discurso en recuerdo a la victoria Ejército Rojo sobre Tercer Reich, omitiendo los aspectos más oscuros de esa gesta militar. Aunque el jefe del Kremlin no reivindica a todos los líderes de la URSS -como expresó en una carta del pasado junio, considera a Lenin el culpable de la desmembración de la Rusia histórica en varios estados-, sí toma los elementos que más le convienen de ese período.

Buscando la grandeza
«Putin ve a la Rusia actual como la heredera natural del Imperio zarista y de la URSS», resume Pearce, que recuerda que los guiños al pasado comunista han ido acompañados del florecimiento de la iglesia ortodoxa rusa y la relevancia del Patriarca Kirill. «Su visión es que la mejor versión posible de Rusia es un gran poder gobernado por una figura fuerte y central. Putin se presenta a sí mismo y al Kremlin como la encarnación de las grandes glorias de la URSS y el Imperio zarista. Es un gran admirador de Alejandro III. Su idea de modernización es utilizar el pasado como un motor de progreso e inspiración para reconstruir el estado y la nación», puntualiza.

A pesar de esa insistencia de Putin y aunque estudiar el pasado confirma la estrecha relación entre Rusia y Ucrania -la matriz medieval de ambos países fue la Rus de Kiev, un estado eslavo y ortodoxo que desapareció con la invasión mongola del siglo XIII-, resulta imposible obviar las diferencias que también existen entre ambos países. «Mientras la narrativa histórica rusa se ha construido sobre esa noción de un autócrata poderoso, la imaginación política ucraniana se ha labrado con el legado del Sich de Zaporiyia. Esta democracia militar cosaca navegó entre tres grandes poderes, Rusia, Polonia y Turquía, durante casi 200 años, y mantuvo su independencia hasta que el líder electo de la Sich firmó en 1654 una alianza con Moscú, que introdujo progresivamente a Ucrania en la órbita de Rusia», concluye Pearce.

En ‘Voces de Chernóbil’, uno de sus trabajos más célebres, Alexiévich recoge el testimonio de Marat Filípovich Kojánov, ingeniero jefe del Instituto de Energía Nuclear de Bielorrusia, que cuenta por qué no fue capaz de protestar contra la propaganda soviética sobre la explosión del reactor a pesar de las evidencias acerca de la catástrofe. «Nos hemos acostumbrado a creer», confiesa. «Yo soy de la generación de la posguerra y estoy educado en esta creencia. ¿De dónde viene esa creencia? Habíamos salido victoriosos de una guerra monstruosa». Conocedor de esa debilidad, Putin trata de alimentar la fe ciega de millones de ciudadanos.

Fuente: ABC.

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