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Los obstáculos del deporte para un atleta Down

Cada tarde, Miguel Ángel Castillo alista su equipo deportivo con la seriedad de un ritual. En silencio, viste las licras, una camiseta de entrenamiento, los tenis de amortiguación o de suela con clavos para la velocidad y llena un bidón con agua. Todo lo hace con la disciplina y ceremonia de quien se prepara para una cita crucial. En esos momentos está muy concentrado en cada movimiento, una rutina sagrada como la de los atletas en estado puro.

Acompañado por su madre, Elizabeth Betanzo, descienden por las calles escarpadas de una colina en Ecatepec hasta el deportivo Emiliano Zapata, un precario remanso de árboles, canchas de futbol y una pista para correr, aunque no es más que un circuito de tezontle y no un tartán como sería lo adecuado. Como sea, en medio del paisaje árido del pavimento erosionado, de avenidas congestionadas y con el paisaje monótono de casas idénticas en el barrio de Vista Hermosa, en el estado de México, aquello es como un oasis para los jóvenes que desean practicar deporte.

Miguel Ángel apenas llega a las gradas oxidadas en el deportivo, saluda con alegría a sus compañeros. En el atletismo existe una especie de solidaridad gremial, todos se identifican porque comparten el sacrificio, todos tienen metas por cumplir y algún anhelo muy privado. ¿Qué vas a hacer hoy Migue?, le pregunta una chica espigada que es una estupenda fondista. ¿Velocidad o resistencia?, indica otra joven menuda especializada en rapidez. En unos días, el joven corredor viajaba a Puerto Vallarta para un torneo nacional y estaba en proceso de cierre de preparación.

La lotería genética hizo que Miguel Ángel naciera con síndrome de Down hace 22 años. Una espontánea vocación lo convertiría en el a-tleta que encontró en esta actividad el sentido de su existencia. El tesón terminó por trazar el camino que han recorrido en la última década, así en plural, porque para lograr esa andanza fue necesaria la solidaridad de una familia inquebrantable. Unas veces haciendo frente al abandono institucional, otras ante la ausencia o desconocimientode programas de integración efectivos y siempre con las desventajas de la desigualdad social. Así, este joven se hizo deportista de tiempo completo y medallista en diversos torneos nacionales e internacionales. Una elección que vista en perspectiva puede compararse con la carrera de un velocista que sortea una infinidad de obstáculos. Aunque la especialidad de Miguel Ángel son los 800 y mil 500 metros.

De 2018 a 2022 ha ganado muchas competencias, pero las más valiosas son los dos oros y dos platas en Paralimpiadas nacionales y los dos primeros lugares en Paranacionales. Recientemente viajó por primera vez fuera de México, a Bogotá, Colombia, a la Olimpiada Especial, donde volvió con tres metales dorados.

No ha sido fácil que se dedique al atletismo, cuenta Elizabeth, la madre del atleta; de por sí acá en Ecatepec no hay mucho que ofrecer a los jóvenes para que practiquen deporte convencional, o simplemente algo que los saque de las calles, ahora imagínense la situación para la población especial. Ahí sí estamos en el abandono total.

El síndrome de Down es la causa genética más común de discapacidad intelectual en el mundo. Una condición provocada por la presencia de 47 cromosomas en lugar de los 46 usuales. Las personas en esta situación presentan problemas para desarrollar el lenguaje y la memoria a corto plazo. De acuerdo con el gobierno mexicano, de cada 691 nacimientos hay uno de este tipo. Para darse una idea, durante 2018 en el país nacieron 351 niñas y 338 niños con esta característica, según datos de la Dirección General de Información en Salud. El documento explica que la atención oportuna determinará la calidad de vida y las oportunidades que tendrán.

Sin recursos, el desamparo es mayor

Cuando no se tienen recursos el desamparo es mucho mayor para la población con necesidades especiales, agrega Elizabeth, porque si alguien tiene un talento o simplemente ganas de practicar algún deporte, no hay adónde acudir, al menos no aquí en el estado de México. Por ejemplo, para nosotros no hay nada por acá, la pista de tartán más cercana es la del deportivo Soraya Jiménez, en Chimalhuacán, y está demasiado lejos, agrega.

Miguel Ángel empezó a correr como lo hace cualquier niño, por un impulso vital. Pero a diferencia de otros chicos, notaron que tenía habilidad para competir. Empezó en carreras escolares en las que no le importaba si llegaba primeroo era el último en cruzar la meta, lo movía un sentimiento de alegría. Pero empezó a ganar y eso le dio otra dimensión.

De pronto se le metió que quería ser campeón. Deseaba ganar más medallas y dijo que un día, cuando por fin alcance esa meta, va a comprarme una casa, una moto para su papá y unos tenis para su hermanito, cuenta Elizabeth.

En la cocina de su casa, sobre la mesa, despliega las medallas como si fueran las tarjetas de un coleccionista, son el pequeño museo de una década. También son el premio al empeño que puso toda la familia para que Miguel Ángel se desarrolle enuna actividad que lo convierte en un joven alegre e independiente.

Me he dado cuenta que las familias de personas con Down a veces pensamos que nuestros hijos son demasiado vulnerables y no logran desarrollar más independencia. Mi hijo aprendió con el atletismo a hacerse responsable de los entrenamientos, de viajar con el equipo a los torneos y a ser más autosuficiente, platica Elizabeth.

Fue un aprendizaje para mí, tengo que reconocer. Cuando era más chico y se iba de viaje, sentía horrible. También cuando vi por primera vez que competía contra muchachos muy fuertes y rápidos. Pero cuando observo cómo se prepara, el entusiasmo con el que cumple sus responsabilidades y se alista para los viajes, me da mucho orgullo de lo que conseguimos, agrega.

El salto de las carreras escolares al entrenamiento de alto rendimiento en el Centro Paralímpico Mexicano representó un reto que involucró a toda la familia. El trayecto diario desde aquel cerro de Ecatepec hasta las instalaciones en la esquina de Churubusco y Añil, en la alcaldía Iztacalco, significaba invertir dos o tres horas en cada viaje. Es decir, cada día tenían que disponer hasta cinco horas sólo en transporte, además de las dos o tres de entrenamiento.

Después de acudir a la escuela en el Centro de Atención Múltiple (CAM) nos íbamos por la tarde y volvíamos ya muy noche, a veces pasadas las diez, cuenta Elizabeth; “los trayectos en hora pico en el Metro eran lo peor. Miguel me decía de broma: ‘mamá, Metro ya no’.”

Tampoco ha sido fácil ir contra la falta de empatía hacia la población con discapacidad y la precaria cultura solidaria, reconoce Elizabeth. Una de las experiencias más frustrantes fue cuando los alcanzaron los tentáculos de la corrupción.

Hace un año, la presidenta de la Asociación de Deportistas Especiales de Puebla, María Esther Gon-zález Calderón, les pidió dinero para permitirles seguir entrenando y estar en competencia. Una propuesta que rechazaron de inmediato.

Nos pidió dinero, además de que se registraba como entrenadora para apropiarse del dinero de los estímulos que les correspondía a los entrenadores reales. Mi hijo se quedó sin posibilidad de seguir compitiendo para Puebla, relata la mujer.

Los gastos para que Miguel Ángel compita corren por cuenta de su familia. Todo, hasta el uniforme del equipo nacional, deben pagarlo. El viaje a Colombia, por ejemplo,lo realizó gracias a una aportación del municipio de Ecatepec, que sirvió para financiar parte de la misión. El resto lo consiguieron vendiendo dulces en el CAM, donde estudia el joven atleta.

Mi hijo tiene dificultades para comunicarse, por eso su mejor amigo, Daniel, quien es muy parlanchín, lo apoyó. Juntos iban a cada salón a vender golosinas. Miguel Ángel ayuda a su amigo para moverse en su silla de ruedas; Daniel era quien les explicaba para qué serviría la venta. Y lo lograron, cuenta la madre del joven medallista. Ahora se terminó el ciclo juvenil de Miguel y para subir de categoría debe competir fuera del país y sin dinero, parece imposible.

 

Fuente: La Jornada

Foto: La Jornada

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