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La apatía y la calma se imponen en las urnas iraquíes.

Unos fuegos artificiales en el centro de Bagdad al final de la jornada trataron de dotar a estas elecciones parlamentarias de la pompa y la emoción que faltaron en los colegios electorales durante todo el día. La mayoría de observadores había predicho que los de este domingo serían los comicios con menos votos desde la instauración del Gobierno tutelado por EEUU. Y así fue: con el 94% de los centros de votación escrutados, la participación en los comicios se situó en el 41%, menor que en las legislativas de 2018 (44,52%). Las llamadas al boicot de una juventud descontenta tuvieron su efecto.

Cerca de 3.249 personas, menos de un tercio de ellas mujeres, aspiran a ocupar uno de los 329 escaños parlamentarios. Eran las quintas elecciones desde la caída de Sadam Husein en 2003, y se celebraban de forma anticipada para cumplir con la promesa que el primer ministro Mustafa Kadhimi hizo a las calles hace un año, en plena ola de protestas contra la clase política. Pero las calles no respondieron. Aun sin manifestarse, muchos iraquíes están desencantados por la falta de reformas.

Justo este octubre se cumplen dos años del estallido de descontento con la falta de servicios públicos, la corrupción y las interferencias extranjeras, que unió a iraquíes de todo el espectro político en las calles del centro y sur del país. La dura represión, al frente de la cual estuvieron las milicias chiíes, dejó más de 600 muertos. El movimiento que nació de aquel horror, llamado precisamente Tishreen (Octubre en árabe) se dividió entre los partidarios del boicot y una serie de candidaturas reformistas marginales.

«Los líderes iraquíes no pueden convencer al pueblo de que les apoyen porque hay desconfianza y distancia entre ellos, como en Afganistán», explica, a modo de ejemplo comparativo Ahmad Shah Mohibi, analista y promotor de la ONG Rise to Peace. Aunque el 60% de la población iraquí es menor de 25 años, según testigos, en las escuelas electorales, fuertemente guardadas y sin apenas afluencia, había mayormente votando adultos y ancianos. El hartazgo con los políticos flotaba en el aire.

Tales reacciones son el producto del anquilosamiento de unas instituciones ya de por si escleróticas por efecto del llamado ‘Muhasasa Ta’ifia’, el sistema de reparto de competencias, en base a cuotas étnicas, que EEUU impulsó hace casi dos décadas. Su resultado, en Irak, ha sido el seccionamiento del Estado y su distribución entre partidos, fomentando la aparición de redes clientelares y parásitos, más volcados en beneficiarse de los privilegios obtenidos por cuota que en rendir cuentas con la población.

Tales actuaciones, no obstante, amenazan con comprometer la legitimidad de las instituciones iraquíes en un momento de debilidad política, con la amenaza del Estado Islámico aún persistente y el país siendo aún campo de batalla de potencias extranjeras. Puede que el éxito de Kadhimi, un líder de consenso, sentando en la mesa de negociación a Irán y Arabia Saudí, sirva para pacificar la situación y, de camino, asegurarse la continuidad.

De todas las fuerzas políticas que habían propuesto candidaturas, la mejor posicionada para crecer en las escuálidas urnas era la del clérigo chíi Muqtada Sadr. Paradojas del destino, quien antaño dirigió a los suyos contra EEUU, en una campaña de virulentos ataques sectarios, ahora emerge como una figura implícitamente respaldada por Washington, convertida en referente de un nacionalismo que rechaza casarse incluso con el correligionario Irán.

Beneficiándose del sistema iraquí, afianzándose en un órgano de concesión de empleos públicos, los sadristas han creado una poderosa estructura capaz de conceder prebendas a sus simpatizantes, mientras apelan al obrero de a pie e incluso claman contra la corrupción. Su primacía religiosa, en un país de mayoría chií, les asegura una base de apoyo que, probablemente, sea suficiente para que su criterio sea decisivo en la pugna para colocar a un primer ministro de su preferencia.

La jornada electoral pasó mayormente sin incidentes, aunque la violencia llegó a las urnas. En un colegio electoral de Diyala, hombres armados irrumpieron abriendo fuego contra los presentes, hiriendo a dos vigilantes y huyendo. Las fuerzas de seguridad achacaron el ataque al Estado Islámico. Otro policía resultó herido en un colegio electoral de Kirkuk en un asalto similar. Tras el cierre de las urnas, a las seis de la tarde, la Comisión Electoral anunció que los resultados se sabrían este lunes.

Fuente: El Mundo.

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