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¡Nos queremos vivas!.

El pasado 25 de noviembre se conmemoró el Día Internacional contra la Violencia de Género. Una pandemia silenciosa que deja cada año más de 4.000 feminicidios en Latinoamérica, según la Cepal. En realidad esta cifra solo sirve para acercarnos al problema, pero no muestra ni la ínfima parte de todos los crímenes de odio que se cometen contra las mujeres en la región.

Les pongo como ejemplo el caso de México, un país sumido en una profunda crisis de seguridad pública en el que cada día 11 mujeres son asesinadas. Desde 1990, pero de manera más acelerada en los últimos cinco años, el asesinato de mujeres ha aumentado sin freno hasta llegar a un máximo de 3.957 homicidios en 2020, según el Instituto de Estadística y Geografía (Inegi). De todos esos casos, menos de un 20% es clasificado, investigado y juzgado como feminicidio, pese a que existen criterios de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que indican que toda muerte violenta de una mujer en México debe investigarse como feminicidio. “De esas más de 3.000 mujeres asesinadas, el 50% tiene características de feminicidios”, explicaba la directora del Observatorio Nacional del Feminicidio, María de la Luz Estrada. La especialista agregaba otro dato alarmante: “Los feminicidios de niñas y adolescentes de 0 a 17 años se han incrementado desde 2015 hasta los 542 en septiembre de 2021″.

Cuando hablamos del fracaso en el combate a la violencia contra las mujeres, no solo hablamos de un sistema de justicia que les falla —la tasa de impunidad supera el 95% y solo un 2% de los casos reciben sentencia— también de unas autoridades poco o nada comprometidas con abordar el problema de raíz. Sumado a lo anterior, el próximo año se aplicarán recortes o subidas insignificantes a los programas destinados a frenar la violencia machista, mientras los asesinatos de mujeres siguen al alza.

Necesitamos como sociedad instituciones fuertes, responsables y comprometidas con prevenir, sancionar y erradicar la violencia machista; que respeten las leyes que ya existen y que las apliquen con perspectiva de género. También hacen falta hombres que no acosen, no violen, no asesinen y no utilicen el cuerpo de las mujeres y las niñas como objeto de consumo. Y eso, queridas lectoras y lectores, solo puede lograrse con educación feminista. Es la única forma de tener una sociedad más equitativa, libre y justa.

La lucha de las mujeres en este país y en este continente es una lucha por sobrevivir y así pudo sentirse en las manifestaciones de varias ciudades. En una de ellas, una mujer fue asesinada. Marisol Cuadras tenía 18 años y participaba en una protesta junto al Ayuntamiento de Guaymas (Sonora) cuando un comando armado disparó muy cerca de donde estaba para atentar contra el comisario de la ciudad. Junto a ella murieron dos personas más y otra resultó herida. Solo unas horas antes, la joven había escrito en el suelo la palabra “Todas” junto a varios pares de zapatos rojos que simbolizan a las asesinadas y a las desaparecidas en México.

Aunque su asesinato no parece estar relacionado directamente con su participación en la marcha, Marisol fue asesinada el mismo día en el que millones gritábamos “¡basta!” a la barbarie que nos desangra. Porque no exageramos cada vez que decimos: “Si muero mañana, si desaparezco mañana: luchen por mí, no me olviden”. Como menciona mi compañera Carmen Morán en esta columna: “La violencia en México tiene cifras de un país en guerra, pero los mexicanos no lo saben. Como en todo conflicto bélico, las mujeres llevan la peor parte”.

Nazaret García, de 27 años, es una joven que decidió salir a la calle este 25N para mostrar su enojo, su rabia y su indignación. En su camiseta podía leerse el mensaje: “Estar viva no debería ser un logro” y sin embargo, ella, su hermana, sus amigas y todas las que allí marchábamos sabíamos que sí es un logro seguir vivas. Salir a la calle y volver sanas y salvas es el mayor reto al que nos enfrentamos cada día. Nazaret lo describe a la perfección: “En México la violencia es una epidemia sin fin”.

Ojalá puedan leer lo que tiene que decir al respecto la rapera Masta Quba. Ella forma parte de una generación de músicas que se abren camino en la escena urbana con letras cargadas de feminismo y lucha antirracista. En sus canciones retrata el abuso, la violación, la urgencia de legalizar el aborto, la autodefensa feminista y la rabia por el feminicidio de sus amigas. Con sus letras transforma ese dolor en un canto a la dignidad y a la lucha de las mujeres. Les dejo su canción: Nosotras tenemos otros datos. No se pierdan tampoco este vídeo de Teresa de Miguel sobre la Santa Vulva, un símbolo contra la violencia machista en la capital mexicana.

El jueves, otra vez, volvimos a salir a la calle en ciudades de toda Latinoamérica. Lo hicimos por nuestras hijas, nuestras amigas, nuestras madres, nuestras hermanas. Marchamos por las que ya no están y por las que vendrán. Como escribió Marisol Cuadras horas antes de morir: Por todas.

Fuente: El País.

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