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Catarsis anti pinochetista de la izquierda chilena en la celebración de la victoria de Boric: «Repetir esto 50 años después es extraordinario».

Se llama Wenceslao, tiene 70 años y se emociona con lo que está viendo. No puede creer que, medio siglo después, la izquierda dura chilena vuelva a tener una oportunidad. Aquella vez, con Salvador Allende en el Palacio de La Moneda, la historia terminó muy mal, y él mismo lo pagó con algo que lo marcó de por vida: estaba estudiando para ser profesor de física, pero terminó ganándose la vida como auditor.

«Fue en 1973, era presidente del centro de alumnos y me expulsaron por mis ideas. Era el sueño del cambio, el sueño de la utopía», dice Wenceslao Abett De la Torre a EL MUNDO en medio de una noche que es una gigantesca catarsis anti pinochetista en el centro de Santiago de Chile. Gabriel Boric ya es presidente electo, pero los cánticos no apuntan tanto al futuro, sino más bien al pasado. Y el centro de todo es Pinochet, muerto en 2006, hace ya 15 años.

«¡Piñera, concha de tu madre, asesino igual que Pinochet!», es uno de los cánticos que más enfervoriza a las miles y miles de personas reunidas en torno a la Plaza Baquedano, escenario principal de la insurrección social que estalló en el país a partir de octubre de 2019. Piñera, Sebastián, es el presidente saliente, elegido dos veces en forma democrática, pero la antipatía que se le tiene allí no tiene remedio. Por eso lo sitúan a la altura del dictador.

«¡Se fue la vieja culiá!», grita insistentemente una niña de cinco años ondeando una bandera chilena más grande que ella y que se vende a dos euros. La «vieja» es Lucía Hiriart, viuda de Pinochet y muerta a los 99 años el jueves, el día de cierre de campaña.

«¡La vieja se murió, se murió, la vieja se murió!», se canta más tarde en una plaza que sigue regalando simbolismos. Del césped y las flores que plantaron el viernes de madrugada los seguidores de José Antonio Kast, el candidato derrotado, no queda casi nada.

Hay muchos niños con sus padres, el ambiente es de alegría, con agresividad solo reservada para el recuerdo de Pinochet, que gobernó dictatorialmente el país entre 1973 y 1990. El calor, tras un día de temperaturas devastadoras, comienza a amainar. En el centro de la plaza están Claudio y Catalina, dos treintañeros que se emocionan, lloran y se abrazan.

«Yo voté Boric, más que por él por espanto a Kast, un misógino, homófobo, retrógrado», explica Catalina. «Yo lo voté convencido, aunque tampoco era mi candidato, yo apoyaba a Jadue», añade Claudio refiriéndose al candidato del Partido Comunista derrotado en las primarias de la izquierda.

Claudio trabaja de entrenador personal en un gimnasio. «Y no me hago ilusiones, los empresarios van a seguir en Chile, y seguro que ya saben cómo manejar esto. Pero espero que Boric se ocupe de la salud, y sobre todo de la salud mental, que es una de sus promesas de campaña».

A veinte metros están Mabel y Marcia, dos hermanas de 56 y 54 años. Sus gritos y su lenguaje corporal exhiben enojo, pero también alivio. Son de Puente Alto, un suburbio deprimido de la capital. Al hablar con ellas se entiende que lo que están sintiendo esa noche es es un alivio que aguardaban desde hacía décadas.

«Mi padre se llama Alfredo Sepúlveda, tiene 90 años y Alzheimer. Trabajaba en Quillota (una ciudad de la zona central del país), en los Ferrocarriles del Estado. Lo detuvieron en los años de Pinochet y lo pusieron a caminar por la vía haciéndole creer que el tren lo iba a arrollar y lo iba a matar. Tengo cuatro hijos y no quiero eso para ellos. Que la derecha no vuelva a gobernar nunca más».

«Boric no va a lograr todo en estos cuatro años, pero nos da fe, esperanza. Y va a sentar las bases para los que vengan después de él», añade Marcia, madre de dos hijos.

La plaza, rebautizada como «Plaza de la Dignidad» por la militancia de izquierdas, pide ahora la liberación de los detenidos en los disturbios de 2019: «¡Liberar, liberar a los presos por luchar!».

Wenceslao los mira con una semi sonrisa. Él ya estuvo en una situación similar, y la dictadura le cortó unos cuantos de sus sueños. Ahora no hay dictadura ni perspectiva de algo similar, Chile es una democracia establecida y saludable. Por eso él está allí con sus hijos y nietos y deja consejos para los jóvenes poseídos por la euforia.

«Ver a estos jóvenes que han hecho la posta, a estos jóvenes que van a hacer los cambios… Con gradualidad, con más responsabilidad, mejor que nosotros, porque en esa época estaba la Guerra Fría, y era muy difícil implementar cambios. Hoy día eso ha cambiado y tengo mucha confianza en que llega a Chile un sol mucho más luminoso que el que tenemos».

«Esta es una gran oportunidad que tiene Chile para mejorar la desigualdad, porque aquí no hay hambre, no hay pobreza, pero sí hay mucha desigualdad».

Wenceslao cree que Boric, que asumirá el cargo el 11 de marzo de 2022 con 36 años, necesitará la ayuda de todos («también de la derecha») para gobernar.

«Boric es un joven que no se imaginó llegar en estas circunstancias, le llegó de rebote. No tenían recursos, ni siquiera tenían las firmas para postularlo. Participó y le ganó al candidato del Partido Comunista, que sigue en el pasado el PC, pero en esta alianza son necesarios para apoyarlo. Aquí sumamos todos, tenemos que hacer un gobierno con todos. Si no, nos vamos a empantanar y no vamos a lograr nada positivo».

Chile, dice un Wenceslao impecable en su camisa clara y floreada, acompañada de un sombrero gris, es un país «que ha estado siempre dominado por la derecha, pese a que tiene menos de un tercio de los votos».

Ya no, añade. «Hoy por fin nos damos cuenta de que somos mayoría y podemos impulsar los cambios. Pero seamos inteligentes, seamos prudentes. Estos jóvenes tienen que hacerlo mejor que nosotros».

Fuente: El Mundo.

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