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Libia suspende las elecciones presidenciales, en un nuevo revés a la fallida transición política.

Después de varios días de incertidumbre, las autoridades libias han dado la cara este miércoles para admitir que las elecciones presidenciales planeadas para este viernes no tendrán lugar. La Comisión Electoral ha propuesto retrasar la votación un mes, dadas las disputas aún sin resolver sobre el cumplimiento de las condiciones de eligibilidad por parte de los candidatos y el desacuerdo en celebrar conjuntamente comicios legislativos. La decisión supone un revés para el incipiente proceso de paz puesto en marcha por Naciones Unidas con la creación de un Gobierno interino a principios de este año, cuyo principal cometido era, de hecho, llevar al país a elecciones.

Todas las alarmas habían saltado ya cuando, a pocos días de las elecciones, ni siquiera se había publicado la lista definitiva de candidatos y, por tanto, éstos no habían podido hacer campaña de forma oficial. Varios estallidos de violencia en las últimas semanas hicieron comprender que todo se iba al traste. Finalmente, una comisión parlamentaria encargada de evaluar el escrutinio decretó «la imposibilidad» de celebrarlo en la fecha prevista.

Desde la caída del régimen de Muamar Gadafi, en 2011, Libia ha vivido inmersa en la violencia y el caos. En los últimos años han coincidido dos gobiernos rivales, en el este y en el oeste, cada uno con su propio Banco Central para acentuar la confusión. El país, en manos de milicias que se disputan el poder, ha fracasado en construir una arquitectura política y administrativa tras 40 años de dictadura.

En abril de 2019, el país entró en una nueva fase del conflicto, con la ofensiva militar liderada por el mariscal Jalifa Haftar -hombre fuerte del este del país, aliado de Rusia, Emiratos Árabes Unidos y Egipto y líder del autodenominado Ejército Nacional Libio- para conquistar el poder en Trípoli. Sin embargo fue derrotado un año después, a las puertas de la capital, por el Gobierno respaldado por la comunidad internacional y con el apoyo militar de Turquía. Esto abrió una puerta a negociaciones y se llegó a un alto el fuego, pactado en octubre de 2020. Se acordó un Gobierno de Unidad Nacional que debutó a principios de este 2021 y que, con el paraguas de la ONU, tenía como misión llevar al país a elecciones con el fin de cerrar heridas e iniciar un proceso político hacia la estabilidad.

l calendario electoral se puso en marcha, no sin disputas sobre la legislación que debía regirlo. En noviembre, la entrada en el juego electoral de nombres prominentes y polémicos marcó un punto de inflexión definitivo hacia la polarización y el colapso del proceso. El propio Haftar se presentó como candidato dos días después de que lo hiciera Saif al Islam Gadafi -hijo predilecto del coronel Gadafi-. Tanto sobre Haftar como Saif al Islam pesan acusaciones de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. El hijo de Gadafi es objeto incluso de una orden de busca y captura de la Corte Penal Internacional (CPI). La Comisión Electoral descalificó ambas candidaturas, aunque Saif al Islam y Haftar recurrieron y ganaron sus recursor. Otro de los candidatos destacados es el actual primer ministro, Abdelhamid Dbeibah, que también fue polémico por no cumplir los requisitos de la ley electoral, que exigía haber abandonado el cargo.

Un gran número de ciudadanos se había registrado para votar en unas elecciones sobre las que estaban puestos los ojos de la comunidad internacional, cuyo intervencionismo ha sido la gasolina del conflicto bélico. El embajador de EEUU en Libia ha afirmado este miércoles que los comicios deben seguir siendo una prioridad. Llamando a la «calma», ha exhortado a los dirigentes libios a «rápidamente eliminar todos los obstáculos jurídicos y políticos» para acudir a las urnas.

Fuente: El Mundo.

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