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La rusofobia, otra arista afilada de la guerra.

La semana pasada, una mujer paseaba por el puerto malagueño de Fuengirola, empujando un carrito de bebé y hablando con su hijo de tres años en su lengua materna. Otra mujer, ucraniana, de mediana edad, con gafas de sol y gorra calada, escuchó las palabras en ruso y corrió a increparla. Los insultos («¡perra rusa!», entre otros) terminaron con una patada. El vídeo se propagó por las redes sociales. También el de dos hombres borrachos que, en una avenida de Málaga, gritaron a varias personas rusas. Apenas son dos ejemplos; grabados, a diferencia de otros casos. Dos reacciones que revelan una más de las afiladas aristas de la guerra en Ucrania y que sufren, como siempre, los ciudadanos de a pie.

La invasión del Kremlin ha despertado un sentimiento grabado a fuego durante la Guerra Fría, el ‘zeitgeist’ que marcó a la sociedad estadounidense, en especial, y a Occidente, en general, a lo largo de la segunda mitad del sigo XX. El ataque de Vladimir Putin ha rescatado la rusofobia, más allá de la esfera geopolítica y diplomática, y la ha inoculado en el clima civil. Algunos ciudadanos rusos afincados durante años en España han sufrido insultos, incluso agresiones, otros soportan el veto a su lengua materna y muchos el ambiente hostil por pertenecer al país que ha desatado una guerra a las puertas de la Unión Europea.

«Estamos viendo casos de despidos basados en la nacionalidad rusa, presión de ciertas universidades españolas para que los rusos regresen a su país… Nos llegan muchas informaciones de cualquier tipo de altercados», desgrana por teléfono Oleg Goubarev, un abogado de San Petersburgo que vive desde hace 22 años en España. Este ruso de 46 años, que ingresó en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid en 2004, puede «contar por decenas» las solicitudes de este tipo de situaciones que han llegado a sus manos en el último mes y medio. «Pero no todos tienen reproche penal», añade.

El muro de Facebook del propio Goubarev guarda una lista de amenazas e improperios que prefiere no borrar «para que la gente sea consciente». «Personalmente, yo he recibido un tratamiento muy malo, incluidas las amenazas en redes sociales», asegura, «cualquier persona que intenta hablar de rusofobia se encuentra a mucha gente que empieza a odiar». Aversión en base a la nacionalidad que pertenece a las «líneas rojas que están en la Constitución y que no se pueden cruzar bajo ningún pretexto», a los delitos de odio. El juicio del caso de Fuengirola, «uno de los más indicativos», se celebró el pasado martes y la sentencia se emitirá en los próximos días. «Esperaremos y veremos la reacción de la Justicia española».

Veronika Efremova, vecina desde hace 7 años de un pueblecito castellanomanchego, nunca ha recibido frías miradas ni vivido situaciones incómodas. Sin embargo, sus cuentas bancarias están sometidas al mismo escrutinio que las de un oligarca ruso. Efremova (40 años) y su marido eran periodistas en Moscú hasta que la creciente censura y la anexión de Crimea los forzaron a partir a España, donde gestionaron visados de autónomos, regentaron un hotelito, ahora un negocio de reciclaje creativo, y tuvieron a dos de sus tres hijos. De cuando en cuando, el padre de ella, profesor de Física y Matemáticas en México, les enviaba dinero. La ayuda cesó con la invasión.

«Hace tres semanas me bloquearon la cuenta y me pidieron que presentara papeles», relata Efremova, «hace siete años que tengo una cuenta en un banco español, donde he recibido una hipoteca, ¿y me piden papeles?». Entregó la declaración de la renta, la documentación como autónoma, los distintos pagos, las cuentas de su padre… y el banco respondió: «Todo bien, pero cada ingreso vamos a verificarlo. Y tu padre no puede enviarte dinero, por la situación en la que estamos». Para Efremova, es «absurdo»: «¿Un padre ruso no puede pasar dinero a sus hijos y nietos rusos? ¿‘A priori’ por ser rusa soy una criminal? No podemos ser culpables de lo que haga Putin».

Una comunidad dividida
Al norte de la capital, la guerra ha sacudido a la mayor comunidad ortodoxa de Madrid, al amparo de las cúpulas doradas que coronan la catedral rusa de Santa María Magdalena. Aunque el deán del templo, Andréy Kórdochkin, insiste en un hecho: «La iglesia rusa no es la iglesia del Estado de Rusia, está separada del Estado, y acoge a muchos fieles más allá de la federación». Tres cuartos de sus adeptos son ucranianos, como dos de sus cuatro sacerdotes, mientras que el resto pertenecen a Rusia, Moldavia, Bulgaria, Serbia… Y, sin embargo, la rusofobia ha traspasado sus muros de nieve y oro.

«Hemos tenido pérdidas de ambas partes: ucranianos que nos han abandonado por ser la iglesia rusa y rusos que no están de acuerdo con mi posición antiguerra», reconoce Kórdochkin. El sacerdote, nacido en San Petersburgo y casado con una mujer de ascendencia ucraniana, sabe de casos que le confían amigos y conocidos. Una familia de diplomáticos rusos le confesó que los niños estaban teniendo «problemas en el colegio» con sus compañeros de clase. Hay rusos que comparten piso con ucranianos y viven bajo «presión», en un «ambiente muy agresivo».

El rechazo a Rusia se extiende a los negocios. El pasado 1 de marzo, la Central de Visados Rusos, una oficina madrileña que tramita permisos para viajar al país, amaneció con pintadas en los cristales: «Asesinos, fuera». En el corazón de la ciudad el restaurante ruso más antiguo de Madrid, Las Noches de Moscú, ha perdido clientela. «Ha bajado más o menos un 50%», calculaba el dueño, Nordin Akian, en declaraciones a Telemadrid. En el local trabajan españoles, marroquíes y ucranianos, que han aguantado llamadas, críticas y ataques en su página web. Y ni siquiera son rusos.

Fuente: ABC.

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